otra vez y esforzándose en sonreírse. --
¿Belle-Isle vuestra casa?
--Es cierto, Sire.
--¿Habéis olvidado, --;prosiguió Luis XIV con el mismo
tono jovial, --que me donasteis Belle-Isle?
--No lo he olvidado, Sire, pero como todavía no habéis tomado
posesión de ella, ahora podríais hacerlo.
--Con mucho gusto.
--Por otra parte ésta era la intención de Vuestra majestad, que
era la mía, y no sabría deciros cuán satis-
fecho y orgulloso me he sentido al ver venir de París toda la casa militar
del rey para esa toma de posesión.
--No he traído solamente para eso a mis mosqueteros, --balbuceó
el rey.
--Lo supongo, --dijo con viveza el superintendente: --Vuestra Majestad sabe
muy bien que le basta ir
solo a BelleAsle con un bastoncito para que a su presencia se derrumben todas
las fortificaciones.
--No, --exclamó el rey, --no quiero que unas fortificaciones tan costosas
se derrumben. Queden en pie
contra los holandeses y los ingleses. Lo que yo deseo ver en Belle-Isle, no
lo adivinaríais: son las hermosas
campesinas, solteras y casadas, del interior o de la costa, que bailan tan bien
y son tan seductoras con sus
sayas rojas. Me han dicho grandes alabanzas de vuestras vasallas, señor
superintendente; mostrádmelas.
--Cuando Vuestra Majestad quiera.
--¿Tenéis dispuesto algún buque?
--No, Sire, --respondió el superintendente, que vio la poco hábil
indirecta; --como ignoraba que Vues-
tra Majestad tuviera tal deseo, y sobre todo que tuviese tanta prisa por ver
a BelleIsle, no he hecho prepara-
tivos.
--Sin embargo, ¿no tenéis una embarcación?
--Cinco poseo, sire, pero unas están en Port y otras en Paimboeuf, y
para legar adonde están y hacer que
vengan, se necesitan a lo menos veinticuatro horas. ¿Quiere Vuestra Majestad
que envíe un correo o que
vaya yo por alguna de ellas?
--Dejad que pase vuestra calentura. Aguardad a mañana.
--Decís bien, Sire... ¿Quién sabe qué ideas tendremos
mañana? --replicó Fouquet, ya libre de toda duda
e intensamente pálido.
El rey se estremeció y alargó la mano hacia su campanilla; pero
el ministro se le anticipó, diciendo:
--Sire, me da la calentura y estoy tiritando. Si estoy aquí un segundo
más, es fácil que me desmaye. Dé-
me Vuestra majestad licencia para ir a acostarme.
--En efecto, tiritáis, y da compasión veros. Recogeos, señor
Fouquet; ya enviaré a preguntar por vuestra
salud.
--Vuestra Majestad me colma de atenciones. Dentro de una hora estaré
mucho mejor.
--Quiero que alguien os acompañe, --dijo el rey.
--Como os plazca, Sire; de buena gana me apoyaría en el brazo de alguno.
--¡Señor de D'Artagnan! --gritó el rey tocando de la campanilla.
--¡Oh! Sire, --repuso Fouquet riéndose de un modo que dio calambres
al soberano, --¿para que me
acompañe a mi casa me dais al capitán de mosqueteros? Es un honor
muy equívoco, Sire. Me basta un sim-
ple lacayo.
--¿Por qué, señor Fouquet? ¿No me acompaña
a mí el señor de D'Artagnan?
--Sí, Sire; pero cuando os acompaña es para obedecer, en tanto
que yo...
--¿Qué?
--En tanto que yo, Sire, si entro en mi casa con vuestro capitán de mosqueteros,
la gente va a decir que
habéis mandado arrestarme.
--¡Arrestaros! --profirió Luis XIV, poniéndose todavía
más pálido que fouquet.
--¿Por qué no, sire? --prosiguió Fouquet sin cesar de
reírse. --Y apostaría que algunos se alegrarían de
ello.
Esta salida desconcertó al monarca que, gracias a la habilidad de Fouquet,
retrocedió ante la apariencia
del golpe que estaba meditando, v al ver entrar a D'Artagnan, ordenó
a éste que designara un mosquetero
para que acompañase al superintendente.
--Es inútil, --repuso Fouquet; --espada por espada, prefiero a Gourville,
que me está aguardando abajo;
pero esto no impide que yo goce de la compañía dei señor
D'Artagnan, que me gustaría que viese Belle-
Isle, siendo tan perito en materia de fortificaciones. D'Artagnan se inclinó
sin comprender nada.
Fouquet hizo una nueva reverencia, y se salió afectando la lentitud del
hombre que se pasea; una vez fue-
ra de palacio, dijo entre sí mientras desaparecía entre la muchedumbre:
--Estoy salvado. Si, verás a Belle-Isle, rey infame, pero cuando ya no
estaré en ella.
--Capitán, --dijo el rey al mosquetero, --vais a seguir al señor
Fouquet a cien pasos de distancia. Se en-
camina a su casa, y allá vais a ir vos también; le arrestáis
en mi nombre y le encerráis en una carroza.
--¿En una carroza? Corriente.
--De manera que por el camino no pueda hablar con persona alguna, ni arrojar
ningún escrito.
